Estos días, acompañando a mi madre durante una hospitalización, se han removido emociones muy profundas. Situaciones aparentemente pequeñas han despertado en mí un dolor antiguo que creía más resuelto.

A veces la vida tiene la capacidad de llevarnos, sin avisar, al corazón de nuestras heridas.

La sensación de no haber sido mirada

Durante mucho tiempo pensé que mi dolor tenía que ver con ausencias concretas, con momentos en los que necesité apoyo, comprensión o cercanía y no los encontré. Sin embargo, estos días he podido reconocer algo más profundo: la necesidad de sentirme vista por mi madre.

No hablo de una realidad objetiva. Hablo de una vivencia interna.

La experiencia de una niña que, de algún modo, sintió que tenía que esforzarse para merecer atención, reconocimiento o amor.

El esfuerzo como forma de compensación

Con el paso de los años aprendí a compensar esa herida. Me esforcé. Asumí responsabilidades. Busqué crecer, comprender, mejorar y dar lo mejor de mí.

Y aunque todo ello ha formado parte de mi camino y me ha enriquecido profundamente, hoy puedo reconocer que detrás de parte de ese esfuerzo existía también una necesidad muy humana: sentirme mirada.

Cuando no recibimos plenamente esa mirada en la infancia, a veces seguimos buscándola en otros lugares.

En ocasiones la buscamos en el trabajo, en el reconocimiento profesional o en la necesidad de demostrar nuestro valor. Otras veces la buscamos en la pareja, esperando que alguien nos confirme aquello que no pudimos sentir de pequeñas: que somos valiosas, dignas de amor y suficientes tal como somos.

No siempre buscamos amor. A veces buscamos una mirada.

Y esa búsqueda puede acompañarnos durante años sin que seamos plenamente conscientes de ello.

Comprender no siempre sana el dolor

Estos días también he comprendido algo importante sobre nuestras madres.

Muchas de ellas hicieron lo que pudieron con los recursos que tenían. Algunas crecieron demasiado deprisa. Ocuparon lugares para los que no estaban preparadas. Cargaron con historias difíciles y heridas propias que nunca pudieron elaborar.

Comprenderlo puede aportar contexto y humanidad.

Sin embargo, comprender no elimina necesariamente el dolor.

Podemos entender la historia de nuestras madres y, al mismo tiempo, lamentar aquello que no recibimos.

Las dos cosas pueden convivir.

El porqué de esta búsqueda

Hoy sabemos, gracias a la neurobiología y a la teoría del apego, que la necesidad de sentirnos vistos, reconocidos y tenidos en cuenta no es un capricho ni una debilidad.

Es una necesidad humana fundamental.

Nuestro cerebro se desarrolla en relación con las personas que nos cuidan. A través de su mirada, su presencia y su capacidad para responder a nuestras necesidades vamos construyendo una imagen de nosotros mismos y del mundo que nos rodea.

La teoría del apego nos muestra que cuando un niño se siente visto, acogido y emocionalmente acompañado, desarrolla una mayor sensación de seguridad interna. Aprende que puede confiar, pedir ayuda cuando la necesita y sentirse valioso por quien es.

Cuando esto no sucede de la manera que el niño necesita, no suele cuestionar a sus cuidadores. Con frecuencia concluye que debe esforzarse más, adaptarse mejor o hacer méritos para recibir aquello que anhela.

Muchas de nuestras búsquedas adultas tienen su origen en estas experiencias tempranas.

Por eso, detrás de la necesidad de reconocimiento, de aprobación o de determinadas dificultades en nuestras relaciones, suele existir una historia que merece ser comprendida.

Comprender no elimina el dolor, pero nos ayuda a dejar de interpretarlo como un defecto personal.

Hay un porqué detrás de muchas de nuestras heridas y también detrás de muchas de nuestras búsquedas.

El cómo: la posibilidad de sanar

La buena noticia es que nuestro cerebro conserva capacidad de cambio a lo largo de toda la vida.

Las experiencias relacionales significativas pueden ayudarnos a construir nuevas formas de sentirnos con nosotros mismos y con los demás.

Una relación de pareja basada en el respeto y la presencia, una amistad profunda, un grupo de crecimiento personal, una experiencia terapéutica o cualquier vínculo donde podamos mostrarnos tal como somos y sentirnos acogidos pueden convertirse en espacios reparadores.

No se trata de encontrar a alguien que sustituya aquello que faltó en nuestra infancia.

Se trata de vivir nuevas experiencias que permitan a nuestro sistema nervioso aprender algo diferente.

Poco a poco podemos descubrir que no necesitamos esforzarnos constantemente para merecer amor, que podemos expresar nuestras necesidades sin sentir vergüenza y que es posible relacionarnos desde una mayor autenticidad.

La herida no desaparece por arte de magia, pero puede transformarse cuando encontramos relaciones donde nos sentimos vistos, respetados y reconocidos.

Y quizás, con el tiempo, también podamos ofrecernos a nosotros mismos esa mirada comprensiva y amorosa que tanto hemos buscado fuera.

La importancia de reconocer nuestra experiencia

Quizá la verdadera sanación no consista en esperar que nuestra madre reconozca finalmente aquello que nos faltó, sino en atrevernos a reconocerlo nosotras mismas.

Mirar a esa niña interior y decirle:

«Entiendo cuánto te dolió.»

«Entiendo cuánto necesitabas ser vista.»

«Entiendo el esfuerzo que hiciste para sentirte valiosa.»

Y quizás, poco a poco, ofrecerle nosotras la mirada que tanto buscó fuera.

Porque llega un momento en la vida en el que dejamos de esperar ser elegidas por los demás y empezamos a elegirnos a nosotras mismas.

Tal vez una de las tareas más profundas del crecimiento personal sea dejar de buscar fuera aquello que solo puede empezar a construirse dentro.

No para negar nuestras heridas, ni para justificar aquello que nos faltó, sino para dejar de depender de una mirada que quizás nunca llegue de la forma en que la necesitamos.

Cuando aprendemos a reconocernos, a acogernos y a darnos valor, algo empieza a cambiar. La búsqueda se vuelve más serena y la relación con nuestra historia adquiere una nueva perspectiva.

Reflexión final

Quizás una de las heridas más silenciosas sea la de no habernos sentido plenamente vistos por quienes más necesitábamos.

Y quizás también una de las tareas más profundas de la vida consista en aprender a ofrecernos esa mirada que tanto hemos buscado fuera.

No para negar el dolor ni para olvidar nuestra historia, sino para dejar de depender de aquello que quizás nunca llegue exactamente como lo esperamos.

Cuando aprendemos a reconocernos, algo empieza a descansar dentro de nosotros.

Una pregunta para ti

¿Y si el camino no consistiera en conseguir finalmente la mirada que faltó, sino en aprender a mirarte a ti misma con la ternura, el respeto y el amor que siempre mereciste?


Si alguna parte de este artículo ha resonado contigo y sientes que ha llegado el momento de mirar tu historia con más profundidad, estaré encantada de acompañarte.

Acompaño a personas que desean conocerse mejor, comprender lo que les ocurre y encontrar nuevas formas de relacionarse consigo mismas y con los demás.

Realizo acompañamiento presencial en Castellar del Vallès, Sabadell y Granollers, además de sesiones online.

Anna Samsó

Terapeuta Gestalt y facilitadora de procesos de desarrollo personal.

Acompaño a personas en sus procesos de autoconocimiento, crecimiento personal y desarrollo, integrando la mirada gestáltica, sistémica y una comprensión sensible del impacto del trauma en nuestras vidas y relaciones.

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