
Dependencia emocional, autoestima y relaciones desde una mirada consciente
Durante muchos años no fui consciente de algo que hoy puedo ver con bastante claridad: en una parte de mí, vivía esperando ser elegida.
No era algo evidente. De hecho, durante mucho tiempo me he sentido una mujer independiente, capaz de sostener mi vida, tomar decisiones y avanzar.
Y eso es real.
Pero al mismo tiempo, en lo vincular, había otro movimiento más silencioso. Más difícil de ver.
Una necesidad profunda de ser elegida, de ser mirada, de ocupar un lugar importante para alguien.
Una creencia que se construye en el vínculo
He necesitado tiempo -y también recorrido personal- para darme cuenta de que esto no era solo algo mío.
Que, de alguna manera, es una forma de estar que muchas mujeres hemos aprendido, casi sin darnos cuenta.
Porque no nos construimos solas.
Nos construimos en relación. Y en ese primer vínculo aprendemos si hay espacio para nosotras, si somos vistas, si podemos ser tal como somos o si necesitamos adaptarnos.
Este movimiento tiene mucho que ver con lo que comparto en La importancia de ser visto: cómo nos construimos
Y también con la base del vínculo que desarrollo en Crecer en relación: la importancia del vínculo
El enfado como puerta
Cuando empecé a verlo en mí, lo primero que apareció fue el enfado.
Un enfado que, al principio, iba hacia fuera. Y que más adelante se giró hacia mí.
Hacia mi forma de vincularme. Hacia todo lo que no había sabido ver antes.
Pero con el tiempo fui comprendiendo algo importante: el enfado era necesario… pero no transformaba.
El punto de giro: ¿elegida por quién?
El cambio empezó cuando pude reconocer, sin justificar pero tampoco castigarme, que durante mucho tiempo una parte de mí buscaba fuera algo que necesitaba empezar a construir dentro.
Ser elegida.
Y entonces apareció una pregunta clave:
¿elegida por quién?
Porque en muchos casos no se trata tanto de la persona, sino de lo que representa:
amor, reconocimiento, valor y lugar.
La trampa de la intensidad en las relaciones
Poco a poco fui viendo algo más.
No siempre se trataba de no ser elegida. En algunas relaciones, sí lo he sido.
Y aun así, algo en mí seguía inquieto.
Como si el movimiento no estuviera tanto en el hecho de que alguien me eligiera, sino en la propia búsqueda.
En esa expectativa, proyección e ilusión.
Durante mucho tiempo confundí la intensidad con el amor.
Y aquello que era fácil, claro, disponible… me costaba reconocerlo como vínculo.
Este tema lo desarrollo también en La diferencia entre amar y sostener.
Dependencia emocional y patrón interno
Con el tiempo fui comprendiendo que no era solo una dependencia del otro, sino también una dependencia de ese estado de búsqueda.
Incluso cuando la búsqueda terminaba, la inquietud encontraba otra forma de aparecer.
Ahí algo empezó a encajar.
Porque eso explicaba por qué, a menudo, había una sensación difícil de nombrar:
como si necesitara que no me lo pusieran del todo fácil.
No porque quisiera sufrir, sino porque ahí se activaba algo conocido.
Ese movimiento también tiene que ver con lo que ocurre en nuestro interior, como explico en Las partes que viven en nosotros
Mirar más allá: relaciones conscientes
Con el tiempo también fui comprendiendo que no se trataba del tipo de relación, sino del lugar interno desde el que me vinculaba.
Y ahí se abre una mirada más amplia: Relaciones conscientes: crecimiento y autenticidad
Porque no se trata solo de con quién estamos, sino de cómo estamos en relación.
De necesitar ser elegida a aprender a elegirme
Hoy siento que ese movimiento ya no está activo en mí de la misma manera.
Pero sí estoy en un proceso. Un proceso de aprender a elegirme.
Y eso no es una idea. Es algo que se concreta en lo cotidiano:
- en cómo me escucho
- en cómo me posiciono
- en cómo me vinculo sin dejarme atrás
También en poder sostener ciertos vacíos sin salir corriendo a llenarlos.
Este proceso implica cuestionar muchas cosas que hemos dado por válidas, como comparto en Subversión interna: rompiendo cadenas de creencias
Y también poder sostener lo que duele, como explico en La importancia de escuchar nuestras heridas
Una nueva forma de vivir las relaciones
No se trata de dejar de vincularnos. Ni de rechazar el amor o la pareja.
Se trata de revisar desde dónde lo hacemos.
De pasar de necesitar ser elegidas… a poder elegir.
Hoy, cuando algo es fácil, claro y disponible… me alegro.
Y aquello que se sostiene desde la dificultad, la confusión o la ambivalencia, ya no es un lugar en el que quiera estar.
No porque no tenga valor.
Sino porque hoy necesito algo distinto: más sencillo, más claro, más en paz.
Más allá de la pareja: identidad y lugar
Más allá de nuestra situación, estemos en pareja o no, las mujeres somos seres individuales.
Con una historia propia.
Con un camino propio.
Y con una gran capacidad de crecimiento.
Durante mucho tiempo hemos quedado muy vinculadas al lugar de la relación.
Pero hay algo en nosotras que va más allá.
Un espacio propio que no depende de si estamos o no con alguien.
Y tal vez parte de este cambio pasa por ahí:
reconocernos como mujeres completas en nosotras mismas.
Este proceso también se relaciona con Redefiniendo la autoridad femenina.
Un movimiento que también es colectivo
Cuando una mujer se recoloca en su lugar, sin ponerse por encima ni por debajo, abre una posibilidad.
No como modelo.
Sino como experiencia.
Y quizá, poco a poco, eso también abre camino para otras.
Y desde ahí… algo empieza a transformarse.
A veces creemos que estamos buscando amor.
Pero, si miramos más profundamente, quizá lo que estamos buscando es sentirnos elegidas, reconocidas o importantes para alguien.
Con el tiempo he ido comprendiendo que una parte importante del camino no consiste en esperar que alguien nos elija, sino en aprender a elegirnos nosotras mismas.
Y ese movimiento, aunque sencillo de decir, puede transformar profundamente nuestra forma de relacionarnos.
¿Qué cambia cuando dejas de esperar ser elegida y empiezas a elegirte a ti misma?

Anna Samsó
Terapeuta Gestalt y facilitadora de procesos de desarrollo personal.
Acompaño a personas en sus procesos de autoconocimiento, crecimiento personal y desarrollo, integrando la mirada gestáltica, sistémica y una comprensión sensible del impacto del trauma en nuestras vidas y relaciones.
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