
Cuando era niña, mi padre repetía con frecuencia una frase: «Ver, oír y callar».
Con el tiempo he comprendido que algunas expresiones familiares no son solo palabras. Pueden convertirse en maneras de estar en el mundo: observar, escuchar y aprender a guardar silencio, incluso cuando algo nos duele o necesitamos expresarnos.
A veces hay algo que nos molesta y querríamos decirlo. Pero, antes de hacerlo, empezamos a anticipar lo que podría suceder: quizá la otra persona se enfade, se distancie o piense que estamos exagerando.
Entonces respondemos: «No pasa nada».
La conversación continúa, pero dentro de nosotros algo queda pendiente.
Cuando el cuerpo se prepara antes de hablar
Podemos saber perfectamente qué queremos expresar y, sin embargo, al intentarlo, la garganta se cierra, la respiración se acorta o aparece tensión en el pecho y el estómago.
El cuerpo puede estar respondiendo a una experiencia que reconoce como peligrosa: el desacuerdo, el enfado del otro o la posibilidad de perder su afecto.
Así, cambiamos de tema, suavizamos lo ocurrido o restamos importancia a lo que sentimos. Evitamos el conflicto con la otra persona, pero el malestar permanece en nuestro interior.
El silencio nos protege de una reacción externa, aunque nos aleje de nuestra propia experiencia.
Lo que aprendimos para conservar el vínculo
En nuestros primeros vínculos descubrimos qué podemos decir, cómo se reciben nuestras emociones y qué ocurre cuando expresamos algo que incomoda.
Quizá crecimos en un entorno donde discrepar provocaba tensión, el enfado era difícil de sostener o había poco espacio para mostrar determinadas emociones. En ese contexto, observar el ambiente, adaptarnos y permanecer en silencio pudo ayudarnos a conservar cierta seguridad.
No fue necesariamente una decisión consciente. Fue una manera de protegernos y de seguir perteneciendo.
El problema aparece cuando esa respuesta continúa activándose en todas nuestras relaciones, aunque las circunstancias hayan cambiado. El cuerpo reconoce un peligro antiguo y nos conduce hacia la solución conocida: callar.
Lo que no expresamos no desaparece
Guardar silencio puede proporcionarnos alivio inmediato, pero aquello que no decimos sigue dentro de nosotros. Puede transformarse en distancia, resentimiento, cansancio o irritación.
A veces terminamos explotando por algo aparentemente pequeño. O nos retiramos de la relación sin haber podido explicar qué nos estaba ocurriendo. La otra persona percibe el cambio, pero desconoce su origen.
Evitar cualquier desacuerdo tampoco garantiza que el vínculo se conserve. Una relación sin espacio para las diferencias puede mantenerse, pero difícilmente permite encontrarnos de verdad.
Recuperar la posibilidad de expresarnos
Transformar esta dinámica no consiste únicamente en aprender a comunicarnos mejor. Antes necesitamos reconocer qué sucede dentro de nosotros cuando aparece la posibilidad de hablar.
En terapia podemos detenernos en ese instante: observar la tensión corporal, identificar el temor que se activa y comprender qué creemos que podría pasar si expresamos lo que sentimos. También podemos distinguir la situación presente de otras experiencias en las que hablar quizá tuvo consecuencias difíciles.
Desde ahí empezamos a explorar respuestas diferentes: darnos tiempo, encontrar palabras, expresar el malestar sin atacar y sostener la reacción del otro sin retirar inmediatamente lo que hemos dicho.
No se trata de decir todo lo que pensamos ni de buscar enfrentamientos. Se trata de que callar deje de ser la única manera de sentirnos a salvo.
Quizá el cambio comienza cuando, antes de responder automáticamente «no pasa nada», podemos detenernos y preguntarnos:
«¿Qué me está pasando a mí y qué necesitaría poder decir?»
Si te reconoces en esta forma de relacionarte y quieres explorarla, puedo acompañarte en ese proceso.
Ofrezco sesiones presenciales en Castellar del Vallès, Sabadell y Granollers, además de sesiones online.

Anna Samsó
Terapeuta humanista
Acompaño procesos desde la terapia Gestalt, la mirada sistémica y el trabajo con trauma, con una presencia cercana, respetuosa y comprometida.

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