Ayer viví una escena que me hizo parar.

Estaba en un bar, en medio de un pueblo lleno de gente. La cola del lavabo de mujeres era larga y la de hombres estaba vacía. En un momento dado, alguien comentó que el lavabo de hombres estaba limpio y varias decidimos empezar a utilizar los dos. Se generó algo espontáneo: una sola cola, compartida.

Hasta que llegó un hombre.

Dijo que él utilizaría el de los hombres, que para eso lo ponía el cartel, que él iba directo. En ese momento me tocaba a mí entrar. Y algo en mí dijo que no. Le dije que estábamos haciendo una cola y que tenía que esperar.

Él insistía que no, que en el cartel ponía hombres, que él iba directo. Un chico que estaba esperando en la cola también le dijo que estábamos todos esperando turno, pero no lo tuvo en cuenta. Repetía una y otra vez que él era un hombre, que necesitaba un urinario, que meaba de pie y que ese era su espacio.

Yo sostuve el límite.

Finalmente, entró antes que yo, sin dar espacio a que pudiera cerrar la puerta. Alzando la voz, seguía repitiendo lo mismo. Y en ese instante apareció algo muy claro: no era solo una cola, no era solo un lavabo. Había algo más en juego.

No supe del todo quién tenía razón. Y quizá no era esa la pregunta.

Lo que sí pude ver es lo que se movía dentro de mí: la fuerza, la incomodidad, la rabia contenida, la decisión de no apartarme. Sostener ese límite no fue neutro, no fue cómodo, pero fue claro.

En esa escena también apareció algo más.

Me vino una reflexión muy clara. Muchas veces funcionamos desde lo automático, desde lo que está establecido, desde lo que «toca hacer». Lavabos de hombres y de mujeres. Una cola larga en uno, en el otro nadie. Y, sin embargo, no siempre nos lo cuestionamos.

Hasta que algo se mueve. Hasta que alguien propone algo diferente.

En ese momento, algo cambia. Se abre una posibilidad. Algunas personas se suman, otras siguen necesitando lo conocido. Y ahí es donde aparecen las diferencias. Formas distintas de situarse ante lo que ocurre, entre seguir lo establecido o abrirse a lo que está pasando en ese momento.

Esto conecta con lo que comparto cuando hablo de la subversión interna, ese movimiento de cuestionar lo establecido para abrir nuevas posibilidades.

Sostener un límite no siempre es evidente

A veces creemos que poner un límite es algo claro, firme, casi automático. Pero en la experiencia real, muchas veces aparece mezclado con otras cosas:

  • la duda
  • la necesidad de agradar
  • el miedo a generar conflicto
  • el impulso de ceder

Y, al mismo tiempo, algo dentro que dice: hasta aquí.

Ese «hasta aquí» muchas veces convive con distintas voces internas. Como explico en Las partes que viven en nosotros, dentro no hay una única voz, sino distintas partes que a veces entran en conflicto.

Sostener ese «no» implica quedarse ahí

Aunque haya tensión.

Aunque el otro no esté de acuerdo.

Aunque no sea cómodo.

Y ahí es donde algo se hace visible: poner un límite no es solo decirlo, es poder sostener lo que eso genera.

En los procesos que acompaño, este tipo de situaciones aparece con mucha frecuencia.

No siempre es una escena tan evidente, pero sí en lo cotidiano. Personas que saben lo que necesitan decir, pero no logran sostenerlo. O que, cuando lo dicen, se sienten mal después. O que directamente no llegan a decirlo.

Esto ya lo abordaba al hablar de aprender a decir no, entendiendo que poner límites es un proceso, no un acto puntual.

En sesión, muchas veces lo que trabajamos no es tanto qué decir, sino qué pasa dentro cuando lo dices:

  • la incomodidad
  • la culpa
  • la duda
  • el miedo a la reacción del otro

Y también la dificultad de sostenerse ahí, sin retirarse, sin justificarse, sin volver atrás.

Un límite no garantiza que el otro cambie, ni que lo entienda, ni siquiera que lo respete, como ocurrió en esa escena.

Pero sí abre algo importante: la posibilidad de no dejarte a ti en segundo lugar.

A veces no se trata de tener razón. Ni de imponer. Ni de convencer.

A veces se trata simplemente de poder escucharte y sostenerte ahí donde algo en ti es claro.

Aunque no sea cómodo. Aunque incomode al otro. Aunque genere tensión.

Porque es en ese lugar, donde poco a poco, se va construyendo algo profundo: tu propia forma de estar en el mundo.

Y desde ahí, algo dentro encuentra su lugar.

Sostener un límite no siempre significa sentirnos seguros, tranquilos o convencidos de inmediato.

A veces implica atravesar la incomodidad, la duda o el miedo al conflicto sin abandonarnos a nosotros mismos. No porque tengamos la razón, sino porque hay algo dentro que necesita ser escuchado y respetado.

¿Hay algún límite que hoy necesites sostener, aunque todavía te resulte incómodo hacerlo?

Te leo.

Anna Samsó

Terapeuta Gestalt y facilitadora de procesos de desarrollo personal.

Acompaño a personas en sus procesos de autoconocimiento, crecimiento personal y desarrollo, integrando la mirada gestáltica, sistémica y una comprensión sensible del impacto del trauma en nuestras vidas y relaciones.

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