
Hay momentos en el proceso personal en los que algo cambia.
No siempre es algo visible desde fuera. No ocurre necesariamente después de una gran crisis. A veces empieza de una forma mucho más silenciosa.
Como un movimiento interno difícil de explicar.
Empiezo a verme de otra manera. A darme cuenta de cosas que antes no veía. A cuestionar formas de estar, de vincularme, de sostener.
Y, poco a poco, algo se recoloca.
Cuando algo empieza a cambiar por dentro
Durante mucho tiempo, sin darme cuenta, una parte de mí estaba orientada hacia fuera.
Hacia el vínculo, hacia el reconocimiento, hacia sentir que tenía un lugar para alguien.
Ese movimiento era sutil, pero constante. Y aunque no siempre era evidente, sostenía muchas de mis decisiones, de mis emociones, de mis formas de estar.
Con el tiempo algo empezó a cambiar.
No de golpe, ni de forma perfecta.
Pero sí lo suficiente como para empezar a reconocer que ya no quería seguir habitando ciertos lugares de la misma manera.
Que algo en mí pedía otra cosa.
Más espacio, más verdad, más presencia conmigo.
El vacío que aparece cuando algo deja de sostenernos
Y entonces apareció algo que no esperaba.
Un vacío.
Un vacío que no tiene que ver con la falta de algo concreto, sino con la ausencia de lo que antes sostenía.
Ya no estoy tan en la búsqueda.
Ya no estoy tan en el otro.
Ya no estoy tan en ciertos movimientos que durante mucho tiempo me dieron sensación de dirección.
Pero tampoco hay todavía algo nuevo completamente construido.
Y eso, a veces, descoloca.
Porque no es un vacío cómodo.
Es un lugar intermedio.
Un espacio en el que lo anterior ya no encaja… y lo nuevo aún no tiene forma.
Un lugar intermedio
Ahí pueden aparecer muchas cosas.
Dudas.
Inquietud.
Sensación de no saber hacia dónde ir.
Incluso una cierta pérdida de sentido.
Y es fácil pensar que algo no va bien.
Pero quizás este tipo de momentos forman parte de algo más profundo.
Cuando la vida externa sí está sostenida
Y, al mismo tiempo, hay algo que también necesito nombrar.
Mi vida, por fuera, tiene dirección.
Hay un camino construido. Espacios donde acompaño, vínculos que están, una estabilidad que sostiene.
Y, sin embargo, lo que se mueve dentro no siempre va al mismo ritmo.
Porque este vacío del que hablo no tiene que ver con lo que falta fuera… sino con algo más interno, más difícil de definir.
La pregunta que aparece en medio del vacío
¿Qué quiere la vida de mí ahora?
No como exigencia.
No como búsqueda de respuestas rápidas.
Sino como una forma de escuchar.
Como si este vacío no fuera solo una ausencia… sino también un espacio donde algo nuevo empieza lentamente a gestarse.
Porque no dejamos de vincularnos.
Pero sí puede cambiar profundamente la forma en la que habitamos nuestra vida, nuestras relaciones y nuestras decisiones.
Y en ese punto aparece algo importante.
Porque mi vida, en realidad, ya se sostiene.
No desde el esfuerzo constante. No desde tenerlo todo claro.
Sino desde una base que ya existe.
Y al mismo tiempo, hay algo en mí que sigue buscando… no hacia fuera, sino hacia dentro.
Una forma más propia de estar. Más conectada. Más alineada con lo que, en este momento, la vida parece querer de mí.
La tentación de volver atrás
Sostener ese vacío no es fácil.
Porque hay una parte que quiere volver atrás. Volver a lo conocido. A lo que, aunque no fuera del todo sano, sí era familiar.
A ese lugar donde había más intensidad, más movimiento, más sensación de dirección.
Pero algo en mí ya no puede volver ahí del todo.
No porque no quiera… sino porque ya lo veo.
Y cuando algo se ve, ya no puede dejar de verse.
Un nuevo tipo de sostén
Entonces aparece otro tipo de sostén.
Más silencioso.
Más tierno.
Menos evidente.
Un sostén que no viene del otro, sino de la capacidad de quedarme conmigo en ese espacio incierto.
De no salir corriendo a llenarlo, de no precipitar decisiones. De no forzar vínculos para evitar sentirlo.
No siempre lo consigo.
Y también eso forma parte del proceso.
Pero poco a poco, algo se va asentando.
Una forma distinta de estar.
Más tranquila, aunque a veces más sola. Más clara, aunque no siempre más fácil.
Permanecer en lo incierto
Quizá el sentido no aparece de golpe.
Quizá no está esperando a ser encontrado.
Quizá se va construyendo… precisamente en ese espacio donde todavía no hay respuestas.
Sostener el vacío sin volver atrás no es un logro
Es un proceso.
Si estás en un momento parecido, quizás no se trate de encontrar respuestas rápidas.
Quizá se trate, simplemente, de poder quedarte un poco más ahí.
Sin forzarte.
Sin exigirte.
Sin tenerlo todo claro.
A veces, sostener ese vacío ya es un paso importante.
A veces, lo más transformador no es encontrar respuestas inmediatas.
Es aprender a permanecer un poco más cerca de una misma, incluso en medio de lo incierto. Confiar en que no todos los vacíos necesitan ser llenados de inmediato y que, en ocasiones, aquello que aún no tiene forma también está formando parte del camino.
¿Hay algún vacío, cambio o incertidumbre que quizá necesite ser habitado con más paciencia y menos exigencia?
Te leo.

Anna Samsó
Terapeuta Gestalt y facilitadora de procesos de desarrollo personal.
Acompaño a personas en sus procesos de autoconocimiento, crecimiento personal y desarrollo, integrando la mirada gestáltica, sistémica y una comprensión sensible del impacto del trauma en nuestras vidas y relaciones.
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